Zamora: la frontera donde nace la riqueza

Dicen que la carne más sabrosa es la que pega al hueso. En el jamón, en el pescado y en los melocotones. Los geólogos saben también que en el encuentro entre distintos materiales es donde se acumulan las mineralizaciones metálicas, dando lugar a ricas vetas de oro, plata o estaño. Bien lo sabían los mineros romanos que recorrieron el oeste zamorano, siguiendo el curso del río que hoy dibuja la frontera con Portugal.


Esa línea de encuentro, clavada en el espectacular paisaje de los Arribes del Duero, debería ser también una productora de riqueza. Pero el secular abandono que sufren las zonas rurales, parece haberse ensañado especialmente con la comarca de Sayago y la vecina Terra de Miranda, sembrando un cierto pesimismo entre los escasos habitantes locales y eclipsando las enormes posibilidades de un territorio privilegiado por la naturaleza y la historia, que le han reservado rincones inesperados, tradiciones desaparecidas en el resto de Iberia, una biodiversidad favorecida por ese mismo abandono, productos naturales de gran calidad y una red de castros celtas
enterrados, que esperan la llegada de fondos y el interés necesarios para sacarlos de nuevo a la luz, como los tesoros que un día fueron.

El Duero dibuja la frontera entre vecinos Íberos


Bajo tierra se encuentran también ricos depósitos de arcillas, aprovechados por una próspera industria alfarera en el pasado, que hoy se mantiene en Pereruela y Moveros, gracias a las cazuelas, hornos y cántaros que siguen siendo inmejorables para cocinar y conservar alimentos. Y junto a la tradición del barro, también se ha incorporado alguna innovación en la pequeña localidad de Gamones, donde Numa (Nuria Martín) fijó su residencia en 2007 junto a su familia, para establecer su taller de cerámica contemporánea inspirada en la naturaleza. De golpe, la población de este pequeño pueblo de Sayago vivió un incremento del 4%, que en realidad es del 8% si, en lugar del padrón, se cuentan los vecinos que viven allí todo el año.


Y ese crecimiento demográfico se amplía hasta el 30%, cada vez que otros ceramistas venidos de todo el mundo se reúnen allí, para intercambiar conocimientos y experiencias, como corresponde a una frontera geográfica que, además, cumple su misión de enriquecer por contacto todo lo que se acerca, de la misma forma que el hueso enriquece el gusto del jamón y, a cambio, se contagia de aromas que después regalará a un buen caldo. Ejemplos así son los que pide el mundo rural: profesionales en busca de una vida tranquila, más sana y que vienen con su propio empleo a cuestas. La artesanía, como en este caso, y otras ocupaciones relacionadas con la producción ecológica o el turismo, encuentran su medio ideal lejos de las ciudades. Pero es en otros sectores donde existe el mayor yacimiento de teletrabajadores, que ahora pueden elegir dónde residir y que sólo necesitan un pequeño estímulo para cambiar de vida.

Una buena conexión a internet, alguna ventaja fiscal y una campaña que cambie la percepción del entorno rural, serían buenos incentivos para incorporarse al lugar donde se dan los paradigmas más anhelados del momento: zonas verdes en abundancia, productos de cercanía, aire puro, amplitud y silencio, noches estrelladas y un nuevo futuro por construir.

Muchos destinos considerados vacíos, son en realidad lugares llenos de oportunidades, donde una simple charla con el vecino se convierte en el acontecimiento del día, produciendo un intercambio de ideas completamente diferentes del mundo, en el que todos tienen mucho que aprender.


Esa es la magia de las fronteras; de las físicas como el Duero Internacional o de las inmateriales, como las diferencias culturales que existen entre lo rural y lo urbano o entre la población local y los visitantes que llegan desde lugares tan lejanos como México, EE.UU., Dinamarca, Israel, Japón o Singapur, donde también hay ceramistasdeseando descubrir paisajes y modos de vida sorprendentes, además de compartir experiencias cerámicas, conectados a través del barro escondido bajo sus pies.


El problema de la España rural no es tanto que esté vacía, sino que está sola y alejada de los centros donde se decide su futuro. Lejos geográfica y culturalmente, lo que hace que las soluciones no siempre encajen en su realidad y, lo que es peor, que en ocasiones lleguen para alterar su esencia, hecha de cosas naturales y pequeñas, como las pepitas de oro ocultas entre rocas diferentes, y tan humanas como el deseo de encontrarlas precisamente ahí, en la frontera.

2 Comentarios

  1. Jose antonio

    Muy interesante lo que publicáis.Un abrazo y adelante

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  2. Alberto

    ¡Que bonito artículo Delfín! Además esa zona la conozco bien porque soy un zamorano-salmantino y los pueblos de mis abuelos, donde he disfrutado de momentos increíbles durante toda mi niñez y juventud, están justo a la entrada de la zona de Sayago…Villanueva de Campeán por el lado zamorano y Ledesma por la vertiente salmantina. Ojalá podamos conocernos en algún momento y charlar tranquilamente. Un saludo desde Candeleda (Ávila)

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