Trujillo: la ciudad ideal para el “flexiworking”

Con motivo de la pandemia que afecta al mundo entero se ha intensificado el teletrabajo en un 85%, jugando un gran papel las tecnologías, un claro vaticinio de un panorama laboral diferente al que conocíamos en un futuro aún incierto y en el que se tienen que tomar decisiones al día. Cuando el confinamiento obligó a que las empresas cerrasen sus oficinas, la tecnología hizo posible que continuasen con su actividad cumpliendo con las cargas laborales asignadas.

Trujillo: ciudad cortesana y guerrera

Nos tenemos que ir adaptando a los cambios sociales y tecnológicos con la consecuente mejora de la economía, siendo el teletrabajo una clara oportunidad sostenible en el futuro. Trujillo es una ciudad ideal para teletrabajar, una de las ciudades más hermosas de Europa que se abre en la historia entre claustros y palacios. Profunda y alta. Trujillo nos acoge desde su plataforma rocosa, circundada por las aguas de los ríos y arroyos. Medieval en su parte alta, busca el cielo extremeño en una contemplación de siglos. La ciudad es cortesana y guerrera. Rezuma de leyendas pragmáticas y acontecimientos trascendentales. Gobernaron desde este trono de piedra los católicos monarcas y todavía cuadriculan sus patios, salones y murallas.

Disfrutar de la hospitalidad

Perderse por sus viejas callejuelas equivale a descubrir un muestrario de épocas y estilos. Porque muchos son los edificios que se pueden visitar. Trujillo ofrece un gran número de posibilidades al turista, pero sin duda, la más singular, por su variedad es la infinidad de rincones donde disfrutar de la hospitalidad.

En una de las plazoletas más bellas y evocadoras de antañas leyendas se ubica la gótica iglesia de Santa María, se alza la majestuosa torre, el antiguo Convento de monjas jerónimas y al otro extremo, el de franciscanas de La Coria (futura sede de la 4ª edición de Repueblo). Para llegar a él, una recoleta calle con tono de pasaje, al rendirse en otra que sigue camino, en la derecha tropieza con un esquinero en cuyo agudo perfil se monta un rústico farol que promete mucha luz, allí, en una de estas casonas nació Diego García de Paredes, apodado el “Sansón Extremeño” por su desmesurada fuerza, ese aguerrido militar que acompañó al Gran Capitán en las batallas de Ceriñola y Garellano y del que hizo referencias Miguel de Cervantes en su “Quijote”. Calles que ponen su aspiración, y no es poco, en que durante las noches las sombras suavicen su rigor tomándose en penumbras.

Y, más arriba, la plazuela de Lorenzana. El viajero que llegue a este rincón, en razón de sus ciclos, en fases disminuidas y prisas de su andar, la luna pasa por la calle y la lisonjea con sus rayos de luz blanca, el encantamiento se supera. Esto ocurre en las calles de la villa medieval trujillana, negativa conformación geométrica. Entre cuyos muros, bien pertrechados de riquezas, vivieron monjas, caballeros y damas de alcurnia, y algún que otro infanzón.

Un edificio cercano, brindando su propia personalidad, conservando el tipismo se esconde en una callejita. Es la Casa de los Pizarro, los conquistadores del Imperio Inca. Cercana a esta casa fuerte, está el palacio de Lorenzana, sede de la Real Academia extremeña y, frente a él, el Convento de monjas Jerónimas, tan codiciado por reyes y nobles, donde habrían de firmarse privilegios, sentencias y donaciones. Coronando la villa, el baluarte orográfico de un enorme castillo.

Practica el recogimiento místico

Y, ya en la propia ciudad, está la Plaza Mayor, de hondos soportales, de balcones, de casas solariegas. Bajo los soportales de la Plaza, nuestros mayores viendo pasar el tiempo, contándonos viejas leyendas con su sosegada plática. Alguno que yo conozco – decía uno de estos buenos ancianos – subía en su niñez a la majestuosa espadaña renacentista de la iglesia de San Martín en donde la cigüeña monta la maraña barroca de sus nidos, que tenía campanas, a respirar de las lomas
próximas y a recrearse de la impresionante vista. Allá arriba, la lechuza duerme hasta que nace la luna y luego, blanda, sobrevuela los tejados árabes. En las numerosas celebraciones que tuvieron como marco el templo había un denominador común que las alentaba: un fervor sincero, como fruto de un recogimiento místico sólo comparable al de los viejos ascetas.

El viejo recordaba las notas que brotaban del viejo órgano que posee el templo. Y, en verdad, en la nave mayor de tracería gótica, embrujo y misterio, aún parece brotar de las entrañas del órgano una música lejana, diluida y suave, quizá la de unos versos bien rimados que escribiera Tirso de Molina durante su estancia en Trujillo como Comendador Mayor del convento de la Merced y que se traducen en anfibiología de la vida y la muerte, de la salvación y condenación eternas del sentimiento más profundo y de una idolatría casi primitiva, en la propia esencia del Misterio conmemorado.

Aquellos que visiten este templo, intuirán que muchos pasos se dieron por estos escalones de dura piedra granítica por cuanto se advierten desgastados en buen servicio de añejos tiempos a curas, monjas o caminantes de distinta estirpe a la nuestra, aunque no podemos renegar el sedimento que nos dejaron. Esta prosperidad de la que gozó Trujillo en los tiempos medievales y durante el Renacimiento se reflejó inmediatamente en un abanico de obras de arte que llenaron los muros de conventos, iglesias y palacios y que constituyen hoy la mayor parte del patrimonio artístico de Trujillo.

En Trujillo encontrarás la paz y el sosiego.

Todo es misterio y regocijo para la vista, desde los ventanales entreabiertos de los aposentos del Parador de Turismo, hoy hospedaje turístico, se cuela al amanecer un rayo de sol recién nacido, como escapado de la aurora y se dibuja afilado en el pavimento cual una espada de luz, invitando al viajero a poner la vista más allá, matizando lejanías, van escalonándose alturas hasta cuajar en crestas muy altas, en cuyas opuestas pendientes se desparraman suaves valles, sintonizados de elegantes monumentos artísticos en aspiraciones de aires limpios y cielos claros que es la paz y el sosiego que puede encontrar aquel que nos visite y que quiera quedarse a vivir entre nosotros.

Esta es la semblanza histórica de Trujillo sirva para perpetua alabanza, para que aquel que trabaje en la ciudad, ya sea en una oficina, en una empresa o en teletrabajo, pueda pasear al atardecer por las viejas callejuelas que circundan iglesias y conventos, y acoja su cansancio mañanero entre sus muros que es como un aguafuerte de olvidos y seres apocalípticos.

1 Comentario

  1. Fernando Moreno

    Como siempre,
    Trabajo espectacular de un gran profesional de la historia y amante de su pueblo.
    Gracias.

    Responder

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